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13 de diciembre de 2010

EL LENGUAJE DE LA PASIÓN Y LA LIBERTAD

Mario Vargas Llosa estaba prohibido en Cuba como muchos escritores que se habían decepcionado de la revolución cubana y habían formulado sus críticas, por ellas serían calificados de traidores y sus obras salían de circulación en suelo cubano. Pero para los amantes de la literatura la censura no era barrera para leer sus novelas. Paradójicamente de las manos de un socialista exiliado chileno me llegó el primer libro que le leí “Conversación en la Catedral” a partir de ahí nunca dejé de leer algunas de sus obras y ser una admiradora de su trabajo e inteligencia crítica.

Con una obra prolífica y de peso, hoy recién a los 74 años le otorgan el Premio Nobel de Literatura, sin embargo, por sus extraordinarias novelas y un lenguaje de lujo era merecedor de este premio desde mucho antes. Vargas Llosas, además de novelista ostenta una obra ensayista en la que hace una reivindicación de la cultura de la libertad y pese a que recibió por sus ensayos importantes premios, quizás este fue un elemento decidor para no entregarle el Nobel en aquellas épocas de tanta polaridad.

“Un pueblo impregnado de buena literatura es un pueblo díscolo, difícil de amaestrar”. Con esta frase Vargas Llosa cerró su discurso en el Instituto Cervantes de Estocolmo donde se inauguró la exposición Mario Vargas Llosa. La libertad y la vida. (Agencias. Afp, Efe, Dpa).

Hoy, el maestro de la lengua Hispanoamericana no solo es un galardonado escritor sino que también un incisivo y coherente analista de los interesantes sucesos de la economía, la política y la cultura de nuestros países, así como un intransigente con las dictaduras, las desaparecidas y las que aún –por desgracia- se mantienen vigentes.

“Creo que la literatura ha hecho más libres a los seres humanos. Con los buenos libros hemos podido ir ensanchando esa cosa hermosa que es la libertad”, reafirmó. “Eso lo saben bien las tiranías, por eso todas ellas sin excepción siempre han tratado de poner trabas y orejeras para limitar el ejercicio literario y artístico”, denunció el escritor, que fustigó en su discurso de la víspera a “todas las dictaduras, de cualquier índole”. Y calificó de “seudodemocracias populistas y payasas” a varios gobiernos latinoamericanos, entre ellos el boliviano." (Agencias. Afp, Efe, Dpa).

A continuación el discurso de Vargas Llosa ”Elogio de la lectura y la ficción” pronunciado en la Academia Sueca, en Estocolmo.

Discurso Nobel
7 diciembre de 2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas.

Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
 
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china. De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
 
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con
toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.


7 de noviembre de 2010

Reglas mutantes


 Para todas las generaciones escolares de hispanos, la memorización de un enorme número de reglas y un sinnúmero de excepciones del idioma español, ha sido un tormento.

Si usted, hispano, pensaba que hablaba o escribía bien, luego de meter en su disco duro cerebral la infinidad de estas reglas, pues ahora resulta que tendrá que seguir aprendiendo y aplicando otras nuevas y cambiantes, pero no se asuste, la Academia afirma que serán muy fáciles de aprender.

A partir de diciembre de este año (2010) nuevas reglas ortográficas publicará la Real Academia Española (RAE) y supongo que algunas no dejarán de ser polémicas, sin embargo las que se han anticipado me resultan algo prácticas, por ejemplo:

La "y" ahora será "ye", qué bueno porque al dictar dejaremos de especificar que lo que se debe escribir va con "i griega" distinguiéndola de la "i latina". Asimismo dejaremos de llamar "be alta" y "b baja" y diremos "be" y "uve". Eso nos facilita en algo las cosas, pienso...

¡Ay, los acentos!

Sin duda Internet ha propiciado la falta de acentuación a la hora de escribir porque precisa de rapidez y textos cortos. Por lo general fuera de este ambiente, son pocas las personas que reparan en los acentos.

Solo los tontos acentúan solo -nos decía un profesor en la Universidad. Las nuevas reglas de la RAE aconsejan no usar tilde en la palabra "sólo" (de solamente) porque lo considera innecesario, pero no limita su uso sobre todo en los casos que puedan generar ambigüedad que son muy escasos. También dejan de tener tildes las palabras "guión" y "truhán"

¿Y qué de esos que son fijos y van antes de...? 

Aquellos prefijos que se escribían separados por ser preposiciones como son "es" "anti" y "pro" a partir de ahora deben ir unidos a la base léxica, dos ejemplos: "antisocial" y "exmarido".

Ciudades y países no quedaron si renovación

Según la RAE, "Iraq" y "Qatar" (cosa rara de pronunciar en español cuando uno lo ve escrito) se escribirán así: "Irak" y "Catar





"Acentos Perdidos"

Y no solo (como ven aplico desde ya la nueva regla) la RAE se preocupa de escribamos bien nuestro complejo idioma, hay hasta personas que van por la calle acentuando todas las palabras que ven mal escritas.

Se trata de Pablo Zulaica un vasco de 27 años que actualmente reside en México y trabaja como redactor en una agencia de publicidad. Este joven se ha convertido en el defensor del idioma ante todos aquellos que hacen mal uso de él.

"Acentos Perdidos" como se llama su campaña consiste en recorrer las calles de México D.F. con una cantidad de acentos de papel y donde ve un cartel mal escrito le pega un enorme acento. Luego Pablo le saca una fotografía y lo sube a su blog.

Esta insólita misión de Pablo Zulaica le ha reportado que en un par de meses su blog reciba 41.000 visitas y que en Perú y Argentina hayan abierto otros blogs como una continuidad de esta campaña ortográfica.


Blog de Pablo Zuleica: http://acentosperdidos.blogspot.com/

Fuente de referencia: http://www.bbc.co.uk/
















4 de octubre de 2010

Ladran, Sancho (por YouTube)

Comenzó hoy la primera lectura global del Quijote, para promover el español en la Web. Dividida en 2149 fragmentos, otros tantos usuarios leerán frente a sus cámaras domésticas la obra de Cervantes. Los requisitos: hablar español, ser mayor de 14 años y hacer una lectura fiel a la edición revisada por la RAE.

Por MARCELA MAZZEI
para Revista Ñ


Ya deben ser muchos los usuarios de YouTube que estén ahora mismo preparando sus Webcams o cámaras digitales, haciendo pruebas frente al espejo o aclarándose la voz al repasar su parte, porque hoy se lanzó la primera lectura global del Quijote en la Red. A través de un acuerdo, YouTube y la Real Academia Española (RAE) se unieron en este proyecto para incentivar y promover el uso del español, con todos sus acentos y variaciones, en la mayor plataforma de videos que existe en Internet.

La dinámica es muy sencilla. Todo hispanoparlante mayor de 14 años que desee participar, desde cualquier rincón del mundo, debe ingresar al Canal Quijote de YouTube y solicitar una de las 2149 partes en las que fue dividida la obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra. Revisados sus datos, el usuario recibirá un fragmento del Quijote y tiene seis horas de plazo para grabar y subir su parte, que no le llevará mucho más de dos minutos leer delante de una cámara; si se demorara más de seis horas, ese mismo fragmento se reasignará a otra persona para asegurar la continuidad de la lectura colectiva.

Aunque no es posible prever cuándo estará disponible la versión 2.0 completa del Quijote –aspecto que depende exclusivamente de los usuarios–, una vez finalizada la lectura global, permanecerá en el canal para ser reproducida por fragmentos de cada usuario o por los capítulos reales del libro, a través de la función Listas de reproducción de YouTube.

“Apostamos a que se le saque el máximo provecho a la plataforma, y muchas veces son nuestros usuarios los que dan con los usos innovadores, de modo que nuestro objetivo es que nuestra tecnología esté a disposición de los usuarios”, explicó al teléfono Clara Rivero, responsable de Marketing de YouTube en España. Aunque hay un requisito importante: hacer una lectura clara y no distorsionar en absoluta la versión original. “Somos muy concientes que la comunidad de YouTube es muy creativa, pero es importante que el texto sea fiel a la edición revisada por la RAE, y en el caso en que se quisiera leer el Quijote en lenguaje de signos, por ejemplo, lo que pedimos es que haya subtítulos en el video”, detalló Rivera.

Se refiere a la edición del Quijote conmemorativa del cuarto centenario de la aparición del libro, publicada por la RAE, la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y la editorial Alfaguara en 2004.

5 de septiembre de 2010

LA CALZADA DE JESÚS DEL MONTE de Eliseo Diego

Por Anastasia Expósito

La Calzada de Jesús del Monte, en La Habana, es una de las más transitadas y una de las calles de mayor valor histórico. No hay cubano que no la conozca, ya sea porque la ha caminado o porque la ha escuchado mencionar, sin embargo, pocos conocen –esto me incluye- que esta calzada provee numerosos datos históricos para el estudio del desarrollo de la Ciudad de La Habana.

De la misma manera que La Calzada de Jesús del Monte pasa con nuestro Eliseo Diego, una de las personalidades de las letras cubana, que ha sido poco conocido aun teniendo una obra deslumbrante que llenaría de orgullo a cualquier cubano. Si conocemos La Calzada de Jesús del Monte, deberíamos conocer también uno de sus libros, de gran belleza poética, titulado con el nombre de esta Calzada.

                                  “En la Calzada más bien enorme de Jesús del
Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con
el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un
nombre,
y ya voy figurándome que soy algún portón
insomne
que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes
en su calma…”

Sobre Eliseo Diego, diría José Antonio Portuondo “es una de las personalidades literarias más completas y brillantes de la historia de la literatura, no solamente contemporánea, ni de la literatura cubana, es una figura representativa dentro de la lengua española.”

Y sobre sí mismo, hablaba: Mi nombre es Eliseo Diego. Soy, de oficio, poeta, es decir: un pobre diablo a quien no le queda más remedio que escribir en renglones cortos que se llaman versos. Y lo hago no por vanidad o por el deseo de brillar, o qué sé yo, sino por necesidad, porque no me queda más remedio que escribir estas cosas que se llaman poemas.

Eliseo Diego, nació en Cuba en 1920 y murió en México 1994. Alcanzó el Premio de la Crítica en 1982 y recibió el Premio Nacional de Literatura en 1986. Su obra fue traducida a numerosos idiomas y fue merecedora de una mayor difusión internacional de la que tuvo, es posible que el contexto de “revolución cubana” en la que vivía haya sido lo limitante.

Amigo personal de José Lezama Lima y junto a él fundador del grupo Orígenes, acompañado en este proyecto literario con otros de enorme importancia en la cultura cubana como, Pepe Rodríguez Feo, Virgilio Piñera, Cintio y Fina, entre otros del grupo.

Se dice que fue el poeta del “tiempo” porque le gustaba sondear los mantos que decretan el transcurrir del tiempo en los seres humanos y en la vida misma, pero en una dimensión atemporal donde la existencia de la poesía es ausente de tiempo.

Eliseo Diego, el de hablar pausado y prosa poderosa, su libro póstumo “En otro reino frágil” (Ediciones Unión 1999) incluye poemas inéditos, algunos de ellos escritos antes de su fallecimiento, otros publicados con anterioridad en revistas literarias, todos ellos “festejando el viento” y legándonos “el tiempo, todo el tiempo” de la grandiosidad de su joya literaria.

Testamento

Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;


habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el manar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.

Es este:
les dejo

el tiempo, todo el tiempo.


Voy a nombrar las cosas

Voy a nombrar las cosas, los sonoros

altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.

Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia,
despojados de sombra, siempre iguales.


Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.


Ni el estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.

Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.


Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarla de pronto con el alba.


Versiones

La muerte es esa pequeña jarra,
con flores pintadas a mano,
que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.
La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio,
y del que nos consuela la ilusión,
sentida como un soplo,
de que es sólo el gato de la casa,

el gato de costumbre,
el gato que ha cruzado
y al que ya no volveremos a ver.
La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia,
discretamente a un lado,
y al que nadie acertó nunca a reconocer.
La muerte,
en fin,
es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado,
sin saberlo,
con un poco de terror.


Calma

Este silencio,

blanco, ilimitado,
este silencio
del mar tranquilo, inmóvil,
que de pronto
rompen los leves caracoles
por un impulso de la brisa,


Se extiende acaso
de la tarde a la noche, se remansa
tal vez por la arenilla
de fuego,
la infinita
playa desierta,
de manera

que no acaba,
quizás,
este silencio,


nunca?


Comienza un lunes

La eternidad por fin comienza un lunes

y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.

Y en él se apagan todos los murmullos

y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.


La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.


Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.


Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.


Canción para todas las que eres

No solo el hoy fragante de tus ojos amo

sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo
[azoro, y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno
[ampara. La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quien
[sabe, y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer,
[tu todas, colman mi corazón, y en paz las amo.



















2 de agosto de 2010

Fragmentos del discurso sexual

Tendencia pornografía y erotismo

Las escritoras Matilde Sánchez, Patricia Kolesnicov y Laura Ramos hablan aquí sobre la manera en que abordaron el sexo en sus libros.

Por: Gabriela Cabezón Cámara

Las tres son escritoras argentinas y las tres publicaron recientemente libros de gran repercusión que, de un modo u otro –y lo de "otro" acá es fuerte porque el "modo" de cada una varía desde la pornografía a la elipsis– tienen un fuerte contenido sexual. Sin eufemismos. De eso, del cruce de texto y sexo, o de cómo hacer sexo con palabras o de qué queda de la carne cuando es cocida y cosida por la prosa, hablan las tres: Patricia Kolesnicov, autora de No es amor, Matilde Sánchez, de Los daños materiales y Laura Ramos, de La niña guerrera. A la primera, una historia a dos voces del amor o el desamor de dos chicas durante la primavera democrática, la escritora y periodista María Moreno la calificó de "erotismo de autora". En un artículo sobre la segunda, el soliloquio –con todo lo de soledad y locura que se le puede suponer a la palabra haciendo una etimología salvaje– de una mujer víctima de lo que podría llamarse un "serial fucker", Beatriz Sarlo la caracterizó como "cold porn". Y la tercera es una colección de biografías de mujeres lesbianas recortadas y alumbradas como heroínas de manga.

Hay, claro, una escena original, la escena en que cada una tramó o vio tramadas por primera vez letra y carne. Kolesnicov, que abre el diálogo, cuenta que a ella le pasó "a los 11 o 12 años, sentada en la alfombra, al pie de la bibliotequita de mis viejos y con una oreja alerta a ver quién ponía una llave en la puerta". Sánchez se abismó en enciclopedias buscando siempre las mismas palabras, "genitalidad pura", aclara por si alguien duda, columnas sobre las que ella se volcaba una y otra vez queriendo "extraer más información de la que había". Y la tercera, Ramos, se sumergió entre los restos de un naufragio, "los despojos de la biblioteca familiar" con que se había quedado su madre, feminista y trotskista fundadora de la línea femenina del Partido de la Izquierda Nacional que lideraba su padre.

Cada una encontró cosas distintas. Kolesnicov, el botón del clítoris: "Mis viejos tenían best- séllers, toda la colección Grandes Novelistas, libros que me estaban prohibidos y que eran los que me ponía a leer en cuanto ellos salían. Así encontré el 'botón del clítoris'. Fue en una novela de Wilbur Smith, Rastro en el Cielo. No me lo olvidé más, incluso estuve cerca de usar la frase. A partir de ahí, leí toda la colección sabiendo que tenía que bancarme el libro entero para encontrar una escena sexual. Y me la bancaba".

Ramos halló a un sodomita: "leía cualquier cosa, lo que había quedado en la biblioteca de mi mamá. Así encontré Los caminos de la libertad, de Sartre. Y había un personaje que se llamaba Daniel que decía: 'Soy sodomita'. Y yo no entendía nada, era como leer en inglés, pero me perturbó, me di cuenta que ahí había algo que me interesaba. Y después seguí con los libros de Balzac que me daba mi papá: Luciano de Rubempré y Eugenio de Rastignac seducidos por Vautrin. Mi papá a los gays los llamaba la Sexta Internacional... chiste de trotskista, claro".

Sánchez encontró mujeres con la cabeza recalentada: pasó del registro enciclopédico a la oralidad en la peluquería de su mamá. "Era grande, con 25 empleadas: de ahí vienen mis primeros registros de relatos sexuales, no son librescos, son más bien del orden del rumor y la chanza, de las peluqueras y las clientas. Como llamó al chisme Edgardo Cozarinsky en un ensayito célebre, son relatos indefendibles. Y de ahí también me quedó la imagen de mujeres leyendo en el secador con la cabeza recalentada, que es muy importante para mí. Emergían del secador transfiguradas, a mi juicio, porque leían el libro. Y es una imagen fuerte también porque la mayor parte de los lectores –y de los editores– de Occidente son lectoras: mujeres".

El pudor de la pornógrafa

No es el caso de Ramos: su libro está en tercera persona, relata biografías de mujeres que tienen nombre, y en muchos casos apellido, y además ejercen una sexualidad que no es la suya. Pero de las novelas de Kolesnicov y Sánchez emergen "yos" impúdicos, que en algunos rasgos se parecen a sus autoras –comparten género, sexualidad, profesión, barrios y generación–. Y verbalizan lo más íntimo: rasgos genitales, latidos, orgasmos, dolores, humillaciones, deseos y sentimientos.

¿Dónde ubican el pudor y dónde la intimidad? ¿No se sintieron vulnerables con la publicación de estas novelas?

MS: A mí todo me parece muy expuesto, hasta un adjetivo me parece expuesto. El bombeo de la mecánica sexual, la cosa maquínica, en cambio, no: eso en la novela está puesto en clave satírica, lo sentimental no se juega.

PK: A los personajes de mi libro les pasa algo parecido: entre ellas es lícito el tener sexo, pero no pueden darse un besito porque es ahí donde ubican el amor.

Escribir en primera persona sobre personajes con los que tienen cosas en común, ¿las hizo sentir expuestas?

LR: La primera persona revela una falsa intimidad, una intimidad intermedia, no se revelan las intimidades más profundas, se construye una intimidad literaria.

MS: Una intimidad pública, que es lo opuesto de la intimidad. Eso son los blogs, una intimidad sobre-construida. Me parece que en este sentido el cambio de paradigma cultural fue brutal en los últimos años: en este momento el secreto está sustraído como variable de las relaciones humanas, supuestamente todo está a la vista en Facebook. Pero la intimidad no desapareció, se corrió. En ese sentido les cuento el caso de una amiga mía que atravesó infiernos de pudor, como decirles a sus hijos que era lesbiana. Yo pensaba, "ay, por favor, qué momento explicarle a tus hijos que ahora tenés una novia, explicarle a tu madre y a tu padre que amás a una mujer". Tiempo después supe que esa persona escribía poesía. Y eso no se lo contaba ni se lo mostraba a nadie. Las zonas de pudor son un enigma y la intimidad es eso.

¿Y en tu novela dónde está la intimidad?

MS: En el momento en que ella ve bailar a su amado en pelotas. O cuando lo ve comer. Pero no en el sexo, está siempre en otro lugar.

PK: Yo creo que la primera persona es una construcción literaria más, una de las que se puede hacer. Yo no soy los personajes de la novela. Y aun en el caso de quien escribe un texto autobiográfico, no cuenta todo ni todo lo que cuenta es verdad. "Yo", el autobiógrafo, sé lo que oculté y lo que disimulé. En el caso de las novelas, la primera persona tiene un rasgo esquizofrénico: es el yo de otra gente.

MS: Es cierto que tener dos narradoras facilita.

PK: Mirás desde dos perspectivas. Empezás a pensar como otra persona.

LR: A la vez es difícil. Son muy distintas y se distinguen fácilmente.

PK: Necesitaba dos voces porque una historia de amor es por lo menos dos historias de amor.

MS: En mi novela, en cambio, se cuenta una sola historia: es un amor no correspondido.

¿Y cómo fue lo tuyo, Laura, por qué elegiste escribir sobre mujeres lesbianas?

LR: Pasé mi infancia rodeada de mujeres feministas. La palabra lesbiana estaba latiendo todo el tiempo sin formularse, por eso para mí siempre tuvo algo de secreto, atracción y familiaridad. Estar con chicas lesbianas es como estar entre primas, sobrinas, tías y trotskistas: así me crié yo. Cuando empecé tenía ganas de hacer algo más periodístico y mis amigas, que son inteligentes, lindas y divertidas, podían romper con el estereotipo que se ve por ejemplo en el documental Lesbianas de Buenos Aires, que está buenísimo, pero un poco restringido a la militante y tiene poca sensualidad y poca alegría.

PK: Pero no hiciste un libro light.

LR: Es que pasaron siete años y escuché historias cada vez mejores y más extrañas y más lejanas. Me fui enamorando de esas historias.

MS: Quisiera fumar. Así estamos: podemos hablar de cómo coger y no podemos prender un pucho.

PK: Bueno, no podemos coger arriba de la mesa tampoco.

MS: Es verdad.

LR: Pero abajo sí.

Porno, erotismo y bordado

El porno por Matilde Sánchez: "En un ágil tumbo me ubicó en cuadripedia y soporté todo su peso en mis rodillas, hasta que el centauro se irguió y sin previo aviso, manipulación ni ablande, forzó la entrada de la carne de una vez. Grité de dolor pero él pensó que yo gozaba. ¡Ay, dije, ay!, no estaba lista para ese puñal todo de una vez. O eso creí, qué ilusa, entonces, más enardecido al sentir que mi canal retrocedía, pues yo me encogí a mí misma reculando dos pasos con las rodillas, se hundió en el remate donde la estrechez se negaba a ceder, hasta la empuñadura, señores, ¡hasta el mango! No vayan a suponer que la analidad era nueva para mí pero confieso que nunca de ese modo, nunca sin el debido cortejo o aprobación, nunca en seco del todo (...)".

MK: En Los daños... el sexo nunca tiene una dimensión sentimental o amorosa. El sexo es una peripecia maquinal, es la respuesta neurológica a la época de los estímulos incesantes. Entre ellos el encuentro, que siempre es algo más secreto y enigmático, ocurre en otras actividades, por el ejemplo en la comida o en la lectura compartida y en el baile pero sobre todo en la risa, por eso son los Fabulosos AMUR, los amantes muertos de risa. Más que la pornografía, me interesaba explorar la violencia verbal, que siempre es de carácter sexual. Ir hasta las últimas consecuencias del epíteto "la concha de tu hermana...", que para nuestro caso marca el límite de la dominación. Ella, la hermana, es la única mujer del planeta con quien el personaje varón de la novela no puede acostarse.

El erotismo según Patricia Kolesnicov: "Levanté el cuerpo, para caerle con todo el peso. Me puso las manos en el culo y me empezó a acercar: la pelvis, la panza, me sentó sobre el pecho, la boca. Quedé sentada sobre su boca. Florencia me abrió los labios con la lengua, me tocó el clítoris, entró, entró hasta que estuve pendiente de ese punto –de esa lengua en círculos, de la presión de la lengua, de la fuerza de la boca–, hasta que todo mi cuerpo se fue por un embudo hacia el milímetro que su lengua manejaba. Acabé como una bestia y ella me tapó el grito con la mano".

PK: Yo tenía en claro que quería describir el sexo en detalle y que quería hacerlo durar, como en las películas pornográficas. Cómo hacer para que esto dure, para que no sea digo hasta acá y ya está. Yo lo pensaba a la manera de Vicente Huidobro, el poeta chileno que fundó el creacionismo. El hablaba de la rosa y decía: 'No quiero describir la rosa sino hacerla florecer en el poema'. Bueno, yo no quiero hablar de sexo, quiero hacerlas coger en el texto, eso es exactamente lo que quería hacer. Por eso me detuve, ralenté, hice durar, repetí muchas veces, para que llevara un tiempo, para que el acto sexual ocurriera en el texto. Pero soy consciente de que es un discurso imposible en un punto: lo escribí en un registro muy coloquial, como si alguien te lo contara. Pero nadie le cuenta una relación sexual con ese detalle a nadie. O sea que este texto solamente es posible en la literatura. Parece contado, pero sólo puede ser escrito.

El bordado de Laura Ramos:

"Esa vez no tenía miedo, deseaba tener experiencias con chicas desde tiempo atrás y aunque no sabía qué iría a suceder se apretó contra Rose con los ojos cerrados. Ella la besó con besos casi tímidos y Dalia se sorprendió al descubrir sus labios tan pequeños. Le devolvió los besos con cautela, atenta a los movimientos de Rose, que seguía por su cuello y sus hombros hasta los pechos, donde experimentó un placer tan agudo que le disparó una reacción en cadena".

LR: En esta nota juego el papel del impostor, porque precisamente en mis textos eludo deliberadamente y de una manera muy determinada y consciente cualquier alusión al sexo. Más aún, esta determinación alcanzó tal cima que me llevó a desafiarla escribiendo precisamente un libro de género, un libro de chicas lesbianas. Pero la premisa era no describir escenas eróticas. Esta premisa me obliga a describir todos los sentimientos y pasiones, todos los pathos que giran alrededor del sexo, los antes y los después, los malentendidos, las dudas, las vergüenzas, todo lo que el sexo provoca y desencadena, pero sin nombrar el acto mismo: es un tema que yo trato sistemáticamente de soslayar, de bordar.

Manierismo, brutalidad y final

"Detesto el manierismo y el lirismo cuando se describe una escena sexual. Prefiero la brutalidad o la elipsis". Lo dice Ramos, pero podría suscribirlo cualquiera de las tres. Mientras Ramos rodea, trama, detalla todo el antes y el después, Sánchez y Kolesnicov se arrojan, como ya ha visto, lector, de cabeza adentro de la escena. ¿Hacen pornografía?

Una sí. Y la otra no. Kolesnicov define pornografía como un discurso de la dominación, donde la existencia de una está puesta al servicio del placer del otro. Lo de ella, entonces, no es pornografía "porque no es industrial, porque no es amplificación de movimientos mecánicos protagonizados por genitales en lugar de, por ejemplo, un pistón, porque las protagonistas no están cosificadas, porque no están estereotipadas en sus roles, porque hay descubrimiento, porque no se glorifica la sumisión ni la humillación. Creo".

Estaría bastante de acuerdo con Patricia en cuanto a que la pornografía es un discurso de dominación, pero a mí no me interesa hacer un juicio moral o ideológico. Simplemente señalo que la pornografía es el discurso dominante, el más extendido e internacional en Occidente; ya no hay que buscarla, te sigue en Internet, te asalta en el celular, e invariablemente es a través del cuerpo femenino. Siempre hay que pasar por el cuerpo de una mujer desnuda para consumir incluso las cosas más elementales y neutras, ¡hasta el agua Ser se vende con las lolas de Araceli González! –dice Sánchez, la que sí hace pornografía en sus relatos sexuales.

Cada una de las elecciones de estas escritoras es, claro, una decisión estética. Y si, como dijo Buffon, "el estilo es el hombre", hoy podemos afirmar que también es la mujer. Tanto Ramos como Kolesnicov y Sánchez seguirán la línea que se trazaron. A Ramos, que goza de "las elusiones, las alusiones, los rodeos y de Henry James", le interesa "un enigma que me produce muchísima curiosidad e impulso para seguir trabajando: qué es ser mujer. La niña guerrera fue un paso más en mi investigación. Ahora, hace más de un año, estoy trabajando sobre las hermanas Brontë y sobre ellas será mi próximo libro".

Sánchez está terminando otra novela, Armenia Mon Amour, una comedia de la que surgió Los daños materiales –que antes de cobrar autonomía y ser novela, fue capítulo amargo–. "Armenia tiene sexo, más pornografía en frío, en el mismo tono gimnástico, sólo que esta vez se ve premiada por la siempre feliz llegada de un saludable bebé...", adelanta con ironía.

"El registro del placer, de la dificultad del placer, de la posibilidad o imposibilidad de la entrega. ¿Cómo se goza con palabras? ¿cómo se entrega una con palabras?", son los ejes del nuevo trabajo de Kolesnicov, que profundiza la línea que comenzó con No es amor: "De nuevo: cómo hacer para que la protagonista sienta en el texto. Y también: ¿puede fallar?".

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/07/11/_-02204840.htm



28 de junio de 2010

EEUU un lugar clave en el futuro del castellano: El laboratorio de la lengua española

Estados Unidos será en 2050 el país con más hispanohablantes en el mundo. Aquí, el secretario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española reflexiona junto al Presidente de la Academia Argentina de Letras sobre el laboratorio más importante del idioma y el futuro del castellano.


Por: Guido Carelli Lynch
Revista Ñ
 
Pocas cosas dicen más de los seres humanos, de sus progresos y de sus mutaciones bárbaras e inevitables, como los cambios en la lengua y el habla. En cada interpretación lingüística subyace un modo de ver el mundo, de entender la política y esta no es la excepción.

Coinciden en la misma oficina el Presidente de la Academia Argentina de Letras, el anfitrión, el Doctor Pedro Luis Barcia; y el secretario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, el también argentino José Ignacio Covarrubias. Son amigos e intercambian elogios. Los dos saludan la vitalidad de la lengua castellana y ambos creen que gran parte del futuro de la lengua española se forjará en Estados Unidos, un lugar remoto respecto de las tendencias idiomáticas hasta hace poco. Hasta ahora de hecho fueron muy pocos los intentos oficiales por trazar puentes comunicacionales con el resto del continente. Por ahora se levantan muros.

La comunidad hispánica de Estados Unidos es la más grande después de la de México. Allí hay más hispanohablantes que en España o Argentina. "En el mundo se calcula que hay 450 millones de hispanohablantes. La comunidad de Estados Unidos es la segunda más numerosa. El 10% de los hispanohablantes de todo el mundo están allí, donde conviven emigrantes de 20 países con sus respectivas variedades dialectales. Es el laboratorio experimental más importante del idioma. Es el futuro del idioma", sentencia Covarrubias.

Barcia, larga, a su vez un juicio comparativo sobre ese organismo vivo que administra institucionalmente la Real Academia Española. " De las lenguas modernas en expansión por sobre todas las fronteras, el español sigue al inglés en dinamismo y crecimiento en hablantes. Muy atrás han quedado el alemán, el francés, el italiano en esta difusión; para algunas de esas lenguas, el proceso es reculativo. El castellano nace en un reducido espacio de la Península, se expandió por toda ella, fue la lengua oficial, se difundió en América, cuando los países se independizaron políticamente, anudaron la continuidad lingüística del español: sus declaraciones de independencia, sus constituciones, sus leyes están en esta lengua, que hoy hablan casi 500 millones de personas. En Estados Unidos la colectividad hispana es ahora la primera minoría, por sobre los afroamericanos, y tiene más hablantes que España. Desde Tierra del Fuego, a Canadá, donde es segunda lengua, en sus dos zonas, puede viajar usted sin cambiar de instrumento", ilustra pedagógico y acostumbrado a tratar con la prensa Barcia.

Durante la administración de Barack Obama, la Academia Norteamericana de la Lengua Española logró convertirse en la institución de referencia para el gobierno norteamericano en cuestiones relacionadas al castellano. Por esa razón controla todas las publicaciones del portal oficial en castellano del Ejecutivo estadounidense. En el mismo lapso, saltó a la televisión con pastillas sobre el uso correcto del idioma. "La postura de la academia es tratar de determinar cuál es la norma del español culto. Lo segundo es tratar de orientar a los hispanohablantes para hablar bien el español. El tercero es promover el bilingüismo, para que la gente aprenda bien los dos idiomas. Tenemos una tarea normativa, más nada aconsejamos, porque nadie es el dueño del idioma. Nosotros tenemos que aceptar las reglas que el uso impone", reflexiona Covarrubias.

El espanglih, el mestizaje de contaminaciones entre el castellano y el inglés, crece en el contexto inmigratorio y pese a las advertencias de la academia dirigida por el español Gerardo Piña Rosales. ¿Es un retroceso, un signo de vitalidad, un proceso inevitable? "Son las dos cosas. Es un choque de dos lenguas. El español es el primer idioma después del inglés. Hay un choque inevitable, como en el portuñol, el franglés, nosotros tenemos el espanglih. Los expertos lo definimos como una variedad dialectal del español, a veces responde al desconocimiento, a veces se lo hace por comodidad", explica Covarrubias, que no duda ni un segundo en señalar a la Academia Argentina de Letras como un ejemplo entre las 22 academias, que acaban de forjar la Nueva Gramática de la Lengua Española.

Si antes la ascendencia latina era un pasado vergonzoso, que había que ocultar, hoy el castellano se enseña en un sinnúmero de universidades en todo el país. Especial atención –explica Covarrubias- pone la Academia Norteamericana para que ninguno de los dialectos hispanos se impongan por sobre los demás. De cualquier manera, por ahora los mexicanos lograron asentar sus modismos en los cientos de kilómetros de la frontera sur, los cubanos los propios en Florida y los dominicanos, por ejemplo, en la costa este del corazón del imperio.

Las nuevas tecnologías, los modismos en las salas de chat, como recursos alfanúmericos (5mentarios), las abreviaciones (pq) no preocupan tanto a estos dos especialistas como el deterioro de la educación. "Hay que distinguir entre los lingüistas pragmáticos que describen la realidad, pero no se preocupan por ella, y entre los pedagogos –como yo- que se preocupan para que los chicos tengan inserción social. En una democracia aquel que habla con firmeza, con precisión, ese dice lo que quiere. El que no puede, da un sopapo, da una pedrada o se hace piquetero como D´Elia", dispara el Presidente de la Academia Argentina de Letras.

La lengua –queda claro- también se lee en clave en política. También es materia interpretativa y gran parte de ella se cocina y germina en el norte.

6 de abril de 2010

CUÉNTAME DE LEZAMA

"-Severo, cuéntame de Lezama…

- Ay, hija, me recuerdas a aquella persona que me preguntó un día “Severo, ¿por qué pintas?”

Así comienza el Preámbulo Nocturno del libro “José Lezama Lima” de la periodista y escritora venezolana Ana Nuño. La obra forma parte de la colección Vidas Literarias que se compone de 40 biografías de los clásicos de las letras españolas y latinoamericanas de la editorial Ediciones Omega. Y es que Lezama Lima indiscutiblemente es uno de los grandes de la literatura del siglo XX que forma parte de los “Tres Tristes Tigres”: Lezama Lima, Cabrera Infante y Severo Sarduy, en este caso “Tigres” porque son monumentos de las letras cubanas y “Tristes” porque los tres vivieron el duelo del asesinato de sus obras, originado por el idiologismo del gobierno revolucionario de la isla que les concedió un irrelevante e inexistente lugar a estos intelectuales de gran calibre de las letras universales. “…La madre es fría y está cumplida. Si es por la muerte, su peso es doble y ya no nos suelta. No es por las puertas donde se asoma nuestro abandono…” escribía Lezama en su poema “Llamado del Deseoso”.

En su libro sobre Lezama, Ana Nuño, establece un dialogo imaginario con Severo Sarduy, pero por qué con este escritor cubano y no con otro de los muchos que frecuentaron a Lezama y tuvieron un tráfico profesional con él. -¿Ves? Por eso te he estado invocando, querido Severo, porque tú sabes. Yo me he limitado a leer a Lezama, con fervor, estupor e incomprensión también, lo reconozco, pero de quienes he conocido, sé que tú eres quien lo ha leído de cerca. Es decir, haciéndolo más tuyo, mezclándolo con tu escritura y con tu vida, acercándolo a tus propios “súbitos”…Conjetura Nuño en su conversa con Sarduy.

No es antojadizo que esta escritora haya elegido a Severo Sarduy para hablar de la obra lezamiana. Se dice que Sarduy, escritor, pensador y pintor, no sólo fue discípulo de Lezama sino que también crítico y hasta promotor de su obra fuera de Cuba. La ciudad de Camagüey, Cuba, vio nacer a Severo Sarduy, el 25 de febrero de 1937 hasta 1956 en que lo ve partir, en compañía de su familia, hacia La Habana. En diciembre de 1959, Sarduy realiza su segunda partida, viaja con una beca a Europa y jamás vuelve a su patria, muere en el exilio en el París de 1993. Capítulo aparte merece la obra del maestro Sarduy, pero es ahora la de Lezama, maestro de maestros, la que nos ocupa.

“El universo -recitaba el enano como si estuviera en una habitación hexagonal y blanca, acariciando un pelícano atragantado con un salmón coleante-es obra de un dios apresurado y torpe.” Maitreya, Severo Sarduy

EL SOLITARIO DE LA CALLE TROCADERO

Sólo, como en el Principito de Antoine de Saint-Exupéry, vivió Lezama en su asteroide Trocadero 162 en la ciudad de La Habana. Casa, actualmente, convertida en museo luego que el gobierno decidiera rehabilitar sus obras. Atrincherado en Trocadero, entre más de diez mil volúmenes de libros, montañas de papeles, lápices, llaves y aerosoles para el asma, escribía con una impecable caligrafía novelas, poemas y ensayos, de esa forma se protegía del acoso de las autoridades, cercanos a Lezama aseguran que recibía anónimos con amenazas y llamadas a altas horas de la noche para insultarlo y darles noticias sobre muertes falsas de personas queridas por él.

La calle Trocadero de nueve cuadras, no fue la que lo vio nacer pero si lo cobijó desde los 19 años hasta su muerte en 1976. La familia Lezama tuvo a su hijo en 1912 en el Campamento de Columbia, cerca de La Habana y se mudaron para Trocadero en 1929. Sobre la muerte del maestro existen diversos relatos, algunos rayan casi en lo cinematográfico, pero muchas versiones logran ser coincidentes. Testimonios revelan que el escritor enfermó en 1976 y que Osvaldo Dorticó, por aquel entonces presidente de Cuba, envió por él para trasladarlo al hospital porque tenía preocupación de que Lezama, confinado por diversionismo ideológico, muriera en su casa y que la prensa extranjera pudiera ocasionar un escándalo de proporciones internacionales.

Volviendo a Sarduy, él sabía del aislamiento del hombre de la calle Trocadero. Una forma de solidarizar con el maestro fue escribiendo sobre sus libros y dándolos a conocer en otras lenguas. Es así que por la influencia de Sarduy, se publican en Francia las obras de Lezama Lima. “Carta de Lezama” es el testimonio de esta relación entre estos dos literatos: discípulo y maestro. “Un Heredero” la última de las tres lecturas mayores de Severo Sarduy, es un ensayo sobre la vida y obra de Lezama Lima y es un evidente legado, según los entendidos, de una auténtica recepción de la herencia lezamiana.

De la estructura de la obra de Lezama, Benito Varela Jácome, ilustre catedrático español en literatura hispanoamericana, dice que la novela del escritor, específicamente refriéndose a “Paradiso”, es la exploración del mundo habanero del primer tercio de nuestro siglo, la formulación de múltiples experiencias personales como es la búsqueda de la identidad humana el esfuerzo obsesivo por «incorporar el misterio», la «claridad que pueda compartir»… Para mí, que no soy experta ni crítica literaria, sino simple gozadora de la cubanísima literatura lezamiana, es su capacidad y despliegue del lenguaje poético, y tan lejos de la verdad no lo estoy, según Benito Varela, lo reconocía Lezama de esta forma:

«Toda mi obra—dice— tiene un común denominador con la poyesis, con la creación,con la poesía. Mi misma novela, Paradiso, en el fondo es como un largo poema. Escribí Paradiso porque tenía que escribirla, era un signo que estaba en el desenvolvimiento de mi vida» ~.

Cómo será la riqueza idiomática de nuestro Lezama que el mismo Varela compara la experiencia lingüística de Paradiso con el Ulises (1922) del irlandés James Joyce y afirma que la novela lezamiana rompe con los clichés de la narrativa tradicional: “Predomina en Paradiso el nivel de lengua culta; los niveles de lengua coloquial y vulgar no tienen representación. Los diálogos están literaturizados. La expresión se refina, se intelectualiza; se mantiene siempre dentro de lo que los lingiiísticos norteamericanos llaman código elaborado (elaborated code).” Describe, Benito Varela, en su crítica.

En su imaginario diálogo con Sarduy, la escritora Ana Nuño hace una selección de textos de Lezama, entre ellos “Montego Bay (permiso para un leve sobresalto) 1960” aquí un extracto que confirma la riqueza en imágenes y el colorido idiomático del maestro:

El mar no se dispara al secuestro del tonel,
pues la sangre espermática se desenredó en otro cuerpo,
abandonado el inútil misterio tiritando de los árboles,
y las preguntas, como orugas, tapiando laberinto de las hojas.
Lo que fue rapto, ahora se acostumbra a la siesta en las arenas,
y los peces recuestan alfabetos y los somnolientos
instrumentos devorados.
El manglar protegiendo musicado los anchurosos vientres,
protegía a la sombra que penetra los sin varón.
(…)

Era el lenguaje de la tribu escapada de lo escrito,
donde la móvil sombra era la fija sombra arbórea.
La planta del pie tenía nocturnas raicillas,
la palma de la mano escondía estrellas descifradas y respirantes.
Los domadores escitas saborean la divinidad del rocío
y la pavorosa Nictimene encarnaba las condenaciones
de Lesbos.
(…)

GORDO PLACER POR LA COMIDA

Gordito desde muy niño, Lezama era alto y ancho como un escaparate. Su disfrute por la comida era para él casi un placer erótico. Muchos de sus conocidos han hablado de esta debilidad de Lezama por el comer en exceso, motivo principal de su obesidad mórbida. Su novela Paradiso tiene mucho de ese contexto culinario impregnado del aroma de las especies para el alimento del cuerpo y del alma. A esta gordura desproporcionada en combinación con el asma crónica, se le atribuye la muerte de Lezama, sin embargo, Cabrera Infante desmiente el rumor de que el escritor murió rollizo y afirma que en las últimas fotos de Lezama, tomadas en el Paseo del Prado, apenas se le reconoce de flaco y demacrado que estaba. De acuerdo con testimonios del propio Cabrera Infante, el maestro pasaba hambre en sus últimos años y que así se lo contó un periodista argentino que fue a visitar a Lezama en La Habana y lo invitó a cenar:

“Lezama comió varios platos diversos. Tomás Eloy Martínez, nervioso, no tocó su cena. Pero notó que en un momento Lezama miraba fijo a su plato y en una pausa le dijo: -Usted come poco- ¿No se va a comer eso? preguntó Lezama y Tomás Eloy le dijo que no. -¿Le importa si me lo como?” Tomás dijo que en absoluto y Lezama se comió toda su comida y la suya. Fue en esa ocasión que Tomás Eloy, que me había entrevistado antes, se lo dijo a Lezama. “Dígale por el amor de Dios que no regrese”, y para atenuar la alarma añadió: “El es muy polémico”. Según Tomas Eloy Martínez que puede ser contactado en Buenos Aires, Lezama se veía más que hambriento, hambreado. El poeta, patético, escribía a escritores amigos pidiendo medicinas para su asma, vitaminas y hasta plumas para escribir.”

INCENSANTE TEMPORALIDAD

"El tiempo hipostasiado en lo histórico parece como el recuerdo de la voz..." escribía Lezama Lima en su libro “Tratados en la Habana”. La historia de nuestro escritor es tan voluminosa como lo fue su cuerpo, aún tergiversada y lo será mientras en Cuba no se puedan hablar de estas “profundas e incurables yayas de la revolución” pero como él mismo decía en este libro "la voz y la luz son los dos retos prodigiosos de la reminiscencias". Algún día la nueva generación cubana podrá develar los puntos que en la luz convergen y descubrirán no sólo grandes tesoros literarios sino que también grandes vidas como la de José Lezama Lima.

Entonces, cuéntame de Lezama…
y yo te contaré esta historia tan gruesa, pero antes, quisiera saber
Severo:
¿por qué pintas?
—Pues te diré: pinto porque escribo.
—¿Hay alguna relación entre las dos cosas?
—Para mí, sencillamente es lo mismo. El mismo perro con distinto collar. Claro está, el resultado es diferente. Aunque no tanto... Pero en fin, la pintura y la escritura son como las dos vertientes de un mismo techo, las dos caras de una misma moneda...Severo, ¿por qué pintas?, 1987

DATOS BIOGRÁFICOS JOSÉ LEZAMA LIMA:

(La Habana, 1912 - 1976) Poeta, ensayista y novelista cubano considerado, junto a A. Carpentier, una de las más grandes figuras que ha dado la literatura insular. En toda su vida sólo abandonó la isla durante dos breves estancias en México y Jamaica. Entre sus actividades divulgativas, fundó la revista Verbum y estuvo al frente de la tribuna literaria cubana más importante de entonces, Orígenes, de la que fue fundador, con J. Rodríguez Feo, en 1944. En esta última revista se expusieron las tendencias literarias de sus fundadores y colaboradores: lirismo estetizante e intelectualismo, clasicismo inclinado hacia el neoculteranismo.

Gran conocedor de L. de Góngora y de las corrientes culteranas y herméticas, devoto del idealismo platónico y ferviente lector de los poetas clásicos. Su libro de poemas inicial fue Muerte de Narciso (1937) al que siguieron Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949) y Dador (1960), entregas que son otros tantos hitos de la poesía continental en la línea hermética y barroca de la expresión lírica.

Sin embargo, la obra que consagró a Lezama dentro de las letras hispanoamericanas fue la novela Paradiso (1966), en la que se ha querido ver una doble alusión a la inocencia bíblica anterior al pecado original y a la culminación del ciclo dantesco. Al mismo tiempo, en Paradiso se refleja la tradición y la esencia de lo cubano en una vertiginosa proliferación de imágenes que protagonizan la obra: un mundo de sensaciones, de recuerdos y de lecturas familiares que conforman y determinan la cosmovisión del novelista.

Esta obra, que merece un capítulo aparte en la bibliografía del autor, se ha considerado una novela de aprendizaje por la descripción a todos los niveles del proceso de desarrollo del protagonista, José Cemí, desde su infancia hasta la madurez. El conjunto de la narración muestra una imagen arquetípica en el sentido del platonismo de Cuba que es a la vez un contrapunto actualizado con las páginas del diario de Cristóbal Colón que describen la edénica belleza de la isla recién descubierta, que como todo Edén alberga la certidumbre de su pérdida.

DATOS BIOGRÁFICOS SEVERO SARDUY:

(Camagüey, 1937-París, 1993) Escritor cubano. Es uno de los más brillantes narradores cubanos contemporáneos. Estudió medicina en La Habana y desde 1960 residió en el exilio en París, donde colaboró en la revista Tel Quel y donde trabajó como asesor literario en prestigiosas editoriales francesas (Seuil, Gallimard). Su obra, caracterizada por su audacia experimental y por su gusto neobarroco, está constituida en su mayor parte por novelas (Gestos, 1963; De don de son los cantantes, 1967; Cobra, 1973; Maitreya, 1978; Colibrí, 1986; Cocuyo, 1990; Para que nadie sepa que tengo miedo, 1991). Es autor también de ensayos (Barroco, 1975; Simulación, 1982).

DATOS BIOGRÁFICOS ANA NUÑO:

Ana Nuño López (Caracas, 1957).- Dra. en Filología Inglesa y Francesa por la Sorbona, periodista, ensayista (crítica de cine y literatura), editora, poetisa y politóloga. Desde hace 18 años reside en Barcelona, donde en 2005 cofundó el partido Ciutadans de Catalunya (del cual no es militante). Ha sido traducidoa al inglés, francés, italiano y portugués. Entre sus obras destacan los poemarios Las voces encontradas (Dador, 1989) y Sextinario (Plaza & Janés, 2002), así como el ensayo biográfico Lezama Lima (Omega, 2001), basado en diálogos de la autora con el narrador cubano Severo Sarduy.

http://conpecadoconcebido.blogspot.com/2009/11/cuentame-de-lezama.html